Filip, un pintor en plena crisis creativa que después de la Gran Guerra regresa a su país tras largos años de ausencia, llega a la estación de Kaptol en Zagreb y emprende viaje hacia el norte de Croacia. Allí, en la llanura de Panonia, vive su madre.
En ese ambiente marcado por la decadencia de las tradiciones habsburguesas, por el encuentro y el desencuentro entre los distintos pueblos del área danubiana y por los olores y los colores del mundo rural, Filip se abandona al flujo violento e impredecible de la memoria. Sumido en el hastío pueblerino, que agudiza su desarraigo, y atormentado por no saber quién es realmente su padre, inicia una relación con una mujer del lugar. "El retorno de Filip Latinovicz", que data de 1932, es el singular retrato de un artista atribulado y el extraordinario fresco de la disolución de un imperio.
Krleza es un autor de enorme interés, de prosa fácil, exenta de manierismos estériles; vamos, lo que los cursis llaman un “clásico”. Un autor más preocupado por sus historias y sus personajes que por él mismo: un autor de verdad. Y una novela que explica una historia hermosa y sencilla.
Ese retorno, al mismo tiempo geográfico y sentimental, nos lleva a contemplar el desmoronamiento del antiguo Imperio Austrohúngaro, y por ende, de sus usos y costumbres.
Ese retorno, al mismo tiempo geográfico y sentimental, nos lleva a contemplar el desmoronamiento del antiguo Imperio Austrohúngaro, y por ende, de sus usos y costumbres.
Resulta un placer adentrarse en esta novela pergeñada de manera sobria y elegante, con ese aroma levemente encorsetado que trasmitían las antiguas maneras de ser y comportarse, respetuosas y algo distantes en la forma, apasionadas y sinceras en el fondo. Hombres de antes, historias imperecederas, literatura de siempre.


No hay comentarios:
Publicar un comentario